21 may. 2013

Los bizantinos y la guerra

Una de las cosas que más nos gustan en este blog es echarle un ojo a viejos mitos medievales: estas ideas fijas, muchas veces erróneas no sólo las tenemos en Occidente. Hoy por ejemplo toca mirar un poco a Bizancio. El historiador Edward Gibbon nos dejó la imagen de un imperio oriental corrupto y en permanente decadencia. Una sociedad blanda, que volvía la espalda a la guerra y prefería pagar a otros para que lucharan por ella.

Una cosa es cierta: los invasores musulmanes a los que se enfrentaron los bizantinos durante largos siglos venían con más potencial humano y sin duda con mucha más moral. En campo abierto los bizantinos no tenían ninguna opción, así que no les quedó otra que el abandono de las tácticas romanas y sobre todo de unos valores que premiaban la disciplina y el valor. En su lugar hubo que aguzar la astucia y el ingenio. Dicho de otro modo, Bizancio se pasó a la guerra de guerrillas.

El procedimiento habitual consistía en:

  1. Se deja entrar al enemigo.
  2. Se deja que saquee a su gusto.
  3. A continuación se pone en marcha una política «tierra quemada».
Constante II y su hijo en un hexagrama bizantino.
Fuente: Wikipedia.
Pero antes de todo, el ejército bizantino tenía una primera misión fundamental que era la de evacuar a la población civil. Con este fin, a mediados del siglo VII, el emperador Constante II llenó Asia Menor de fortalezas-refugio para civiles.

En la segunda fase, fuerzas compuestas exclusivamente por caballería se dedicaban a emboscar y acosar al enemigo. El invasor se encontraba con que tenía que salir de un territorio hostil en el que no podría aprovisionarse y cargando con un pesado botín; aquí entraba en juego la infantería, que se limitaba a la defensa de bastiones y al contraataque una vez que el enemigo se retiraba a través de pasos fronterizos.

En todo esto era vital un buen servicio de inteligencia, vigías cuya misión era mantener contacto visual con el enemigo en todo momento. Un sistema de enlaces transmitían la información al general emboscado. Todo esto está detallado en varios manuales de la época, uno de los más famosos fue encargado redactar por el emperador Nicéforo Focas en la década de 960 (el mismo al que debemos la decoración musivaria del mihrab de la mezquita de Córdoba).
Castillo de San Hilarion en Chipre.
foto: George M. Groutas. Licencia.

Bizancio no sólo planificaba con cuidado la guerra, sino que es posible que esta tenga algo que ver con la evolución del propio urbanismo. A principios del siglo VIII el Imperio entra en una fase de fuerte decadencia urbana en la que los únicos centros de importancia que sobreviven son las capitales de los temas, a las que las élites trasladan su residencia. No por casualidad, estos temas eran fruto de una reorganización administrativa de fuerte sello militar.

El Imperio Bizantino no era una sociedad blanda, más bien era justo lo contrario: una sociedad en permanente estado de sitio, fuertemente militarizada e implicada de arriba abajo en la guerra.

Bennett, M. La guerra en la Edad Media, 2009, Akal.

23 abr. 2013

Una de libros

En los tebeos/cómics (que yo en su día siempre conocí como historietas, cosas de ser de Bruguera) podemos encontrar hoy una reminiscencia muy medieval. Los pequeños cuadraditos en los que se enmarcan las imágenes recibían el nombre de «viñetas», del francés vignette, según la RAE.

El término tiene sus raíces en los manuscritos iluminados, éstos podían tener una decoración de flores o plantas. Además de simple adorno las plantas tenían una fuerte carga simbólica; la vid por ejemplo era muy apropiada para temas piadosos: representaba al vino, y éste a la sangre de Cristo derramada. Pero para poder reconocer el significado oculto de las plantas había que poder reconocer el objeto representado, de forma que estos vegetales eran bastante realistas.

Al final, la viña o vigne terminó por originar el término viñeta para referirse a la decoración de los textos que usamos aún a día de hoy.
Missale ad usum ecclesiae Aquensis.
Misal del siglo XV conservado en la Biblioteca Nacional de Francia con decoraciones florales. El margen inferior y derecho está decorado con hojas de vid. Si pincháis en el enlace más abajo podéis verlo a tamaño real.

P.S.: ¡Feliz Día del Libro!

12 mar. 2013

De elecciones papales

Ahora que se habla de modernizar el procedimiento para elegir papa, podemos recordar que los inicios de la Iglesia de Roma fueron difíciles, y los procedimientos bastante menos «civilizados». Amiano Marcelino, el último gran historiador pagano de Roma, describe las luchas entre Dámaso y Ursino por alcanzar el episcopado de Roma mediados del siglo IV. Un momento en el que ni siquiera podía ser considerada la principal de todas las iglesias desde el punto de vista jurídico.

El clero reunido pidió como obispo sucesor de Félix, muerto el 22 de noviembre de 365, a Dámaso, mientras que Ursino fue consagrado a su vez por el obispo Pablo de Tivoli. Hubo pues, dos obispos a la vez en Roma. Entonces Dámaso demostró que sabía jugar al Juego de Tronos;

en las Gesta inter Liberium et Felicem hay varios casos de compra y soborno por su parte:
  1. Reunió a sueldo a todos los cocheros de las cuadrigas del circo, a la plebe y a los gladiadores, a los que compró con grandes sumas de dinero. Era fundamental en la lucha contar con los gladiadores, puesto que eran los únicos que tenían armas en Roma.
  2. Sobornó al juez de Roma, de nombre Vivencio, y al prefecto de annonae, Juliano. Pretendía de ellos que exiliaran a Ursino, que había sido consagrado obispo de la ciudad antes que Dámaso.
  3. Sobornó a todo el palacio imperial para que sus crímenes no llegaran a oídos del emperador que, desconocedor de los crímenes de Dámaso, desterró a Ursino. Y fue por el apoyo imperial que Dámaso salió vencedor. 
San Dámaso I, papa
Dámaso I.
Fuente.
El texto continúa así:


«[Dámaso] reúne a sueldo a todos los cocheros de cuadrigas y a la plebe inculta y armado con bastones irrumpe en la basílica de Julio y durante tres días se entrega a una desenfrenada matanza de fieles. Siete días después, acompañado de todos los perjuros y de gladiadores que había comprado con grandes sumas de dinero, ocupó la basílica de Letrán y fue ordenado allí obispo. Después de esto, comenzó Dámaso a reducir con bastonazos y matanzas de todo tipo a la plebe romana que no quería entregarse.
Así pues, se reunía la plebe en la basílica de Liberio y clamaba diciendo: «Cristiano emperador, no se te oculta nada. Que vengan a Roma todos los obispos; que se abra una investigación; Dámaso ha causado ya cinco guerras; fuera los homicidas de la sede de Pedro». Así pues, el pueblo de Dios solicitaba con súplicas insistentes que se reuniesen los obispos para que, mediante una justa sentencia, expulsasen a éste, manchado con tanta impiedad, que era famoso porque las matronas le amaban tanto que era llamado escarbaorejas de las matronas.»
«El emperador [Valentiniano], desconocedor de lo que Dámaso había hecho, promulga un edicto para que, manteniéndose a Ursino en el exilio, no se produzcan el lo sucesivo nuevos enfrentamientos funestos entre el pueblo. Entonces el obispo Ursino, varón santo y sin pecado, tras consultar a la plebe, se entregó en manos de los malvados y el 16 de noviembre, por mandato del emperador, se encaminó espontáneamente al exilio. Pero el pueblo, temeroso de Dios y que no cedía a ningún tipo de persecuciones, no tuvo temor del emperador, ni del juez (el prefecto de la ciudad), ni del mismo autor de los crímenes, el homicida Dámaso, y en los cementerios de los mártires celebraba reuniones sin la presencia de clérigos. Por ello, habiéndose reunido muchos fíeles en Santa Inés, Dámaso irrumpió armado con sus satélites y acabó con muchos mediante una matanza devastadora. (traducción de R. Teja). [1



Arriba hemos visto que para esta fecha, Roma no era la principal de todas las iglesias; en Oriente el predominio de Constantinopla parecía claro, sólo discutido por otras sedes como la de Antioquía. Roma ni siquiera parecía ser la principal de Occidente, ya que Milán se había convertido en sede de los emperadores occidentales y su iglesia se beneficiaba de esto. Pues bien, fue este Dámaso (que no lo he dicho, pero era hispano) el que una vez en el poder como Dámaso I (366-384) hizo valer los derechos romanos. En un sínodo celebrado en Constantinopla en 381 (al que no le invitaron, por cierto) se estableció que puesto que Constantinopla era la «segunda Roma», su obispo debía ostentar un rango inmediatamente inferior al de Roma (pero por encima de Antioquía o Alejandría).

No contento con esto, Dámaso quería más: afirmó que la primacía de Roma no se debía a lo que ningún sínodo dijera, que sus poderes procedían directamente de Jesucristo y que había sido la primera sede del apóstol Pedro, por lo que desde entonces comenzó a utilizarse el título de sede «apostólica», afirmando que el Nuevo Testamento daba primacía al apóstol. Algunos contemporáneos como San Agustín se pusieron en contra, considerando que había hecho una lectura interesada de las escrituras. Pero para bien o para mal, el pontificado de Dámaso marcó un hito en la historia del Papado. [2]


[1] Blázquez Martínez, José María, «El soborno en la Iglesia antigua» en G. Bravo y R. González Salinero (eds.) La corrupción en el mundo romano, 2008, Madrid.
[2] Barraclough, Geoffrey, El Papado en la Edad Media.

4 mar. 2013

Salviano de Marsella y un poco de método.

Entre los siglos III y V un fantasma recorría el Imperio Romano: un movimiento que podríamos calificar de «campesino»: los bagaudas. Y como sucede con todo movimiento subversivo finalmente derrotado, hoy sólo los conocemos por lo que contaron autores que en general no les tenían mucha simpatía, no se sabe exactamente cuáles eran sus objetivos, o si sólo eran simples salteadores.
Parece más o menos claro que en un momento dado el occidente romano se ve alterado por bandas de extracción humilde que incomodan al orden establecido.
¿Cuáles son las causas? Tradicionalmente se cita como autoridad en el tema a Salviano de Marsella (ca.400 — ca.470). Sobre ellos es famosa su máxima:
«Buscan entre los bárbaros la humanidad de los romanos, puesto que no pueden soportar más entre los romanos una inhumanidad propia de bárbaros».
Aquí un extracto del De gubernatione Dei que no tiene desperdicio. Pongo a continuación las frases más reseñables:
«La prefectura de algunos, a quienes no nombraré, ¿es otra cosa para ellos que un coto de caza? No hay peor estrago para la gente pobre que el poder político: las cargas públicas son compradas por un pequeño número de personas y deben ser pagadas con la ruina de todos».
«En estos tiempos los pobres son arruinados, las viudas gimen, los huérfanos son pisoteados; [...] Ellos emigran, pues, de todas partes y se dirigen hacia los godos, hacia los bagaudes o hacia los otros bárbaros que dominan por doquier, y no se arrepienten en absoluto de haber emigrado. En efecto, prefieren vivir libres bajo una apariencia de esclavitud que ser esclavos bajo una apariencia de libertad.»
Así pues, para Salviano, si había bagaudas era por las dos razones que no para de denunciar en toda su obra:
  1. Lo abusivo de los impuestos.
  2. La corrupción.
  3. La opresión a que los patronos sometían a los humildes (a través de instituciones como el colonato).
Las afirmaciones de Salviano son hoy bastante criticadas porque en muchos casos los datos que da son directamente falsos, y así lo demuestran otras fuentes o la arqueología. Baste decir que afirmaba que la población de Cartago estaba formada en gran parte por homosexuales y travestidos.

¿Le quita esto utilidad como fuente histórica? Depende. De gubernatione es una fuente narrativa: quiere llegar a su público, y hacerle partícipe de una realidad (o así lo entiende él), «convencerlo». Si sabemos que falsea datos o nos resulta demasiado apocalíptico para tomarlo en sentido literal no podremos utilizarlo como una fuente fidedigna en «ese» sentido. Sin embargo, si decía tales cosas es porque podía decirlas y sería creído, su discurso entra dentro de lo que su público está dispuesto a creer, así que aunque los datos objetivos nos dijeran que la presión fiscal o la corrupción durante el Bajo Imperio no eran TAN grandes, la percepción era de que, efectivamente, sí lo eran.

A primera vista, la frase anterior parece obra de Pero Grullo, pero de vuelta al presente no hay más que probar a aplicar este principio sobre el medio de comunicación más algarero que se nos ocurra: las fuentes narrativas no nos hablan tanto de ellas mismas como de sus lectores.

Por otro lado, para que Salviano criticara un sistema fiscal injusto es obvio que debía existir al menos «un» sistema fiscal. Y escribe en la Galia de finales del siglo V. Esto es importante porque a veces se ha puesto en relación la descomposición de la fiscalidad romana con la propia «decadencia» del Imperio Romano de Occidente. Salviano no gastaría tanto cuidado en criticar algo en vías de desaparición, y además no se planteaba un mundo sin fiscalidad en absoluto (qué gran precedente se han perdido algunos) pues en otros puntos de su obra recomienda pagar los impuestos.

Salviano describe un mundo en el que los campesinos prefieren perder su independencia económica y pasar a trabajar para grandes terratenientes a cambio de evitar el pago de unos impuestos que les resultan demasiado gravosos; este fenómeno es bien conocido: el colonato.

Parece fácil suponer que la dependencia personal respecto de grandes terratenientes diera lugar a abusos. Ahora bien, Salviano echa la culpa de los levantamientos bagaudas a las cargas fiscales. ¿Qué hay de verdad en esto?¿Amenazaban los bagaudas al Estado romano o más bien a los terratenientes —el dominador inmediato—?
Esta es otra pregunta de difícil respuesta: las fuentes escritas nos dicen en todo caso que eran agitadores y ya.
Sin embargo, la sociología de los alzamientos campesinos —anteriores a la Revolución Industrial— nos dice que aunque la mayoría de los conflictos y tensiones de clase tienen lugar a nivel local, entre los campesinos y sus inmediatos explotadores, cuando se producen grandes alzamientos con una cierta amplitud de miras es siempre contra el Estado, por grandes cuestiones como un cambio en la ley, una subida de impuestos, etc. y para que esto ocurra el Estado debe estar presente en la vida del individuo (de lo contrario nadie se preocuparía por él). 

Por eso la Alta Edad Media, con un Estado reducido a su mínima expresión es tan escasa en alzamientos campesinos, que reaparecen (no por casualidad) en el siglo XIV.

Por eso los bagaudas nos muestran a un Imperio Romano de Occidente que treinta años antes de su desaparición tenía capacidad recaudatoria y desde luego no era para nada «decadente» al menos en este sentido.

Entrada publicada alternativamente en Moenia Mundi

16 feb. 2013

Fiscalidad y fraude en la Baja Edad Media castellana

Dentro de la historia de la fiscalidad, la historiografía actual se ha centrado en superar el marco institucional para ocuparse del ejercicio del poder o las consecuencias sociales de la fiscalidad. Esta tendencia viene siendo conocida como nueva historia fiscal.

¿Cómo se recaudaban impuestos —de verdad— a finales de la Edad Media?


Hoy lo llamaríamos «colaboración público-privada»: la Corona hacía una estimación de cuanto cree que se puede recaudar. Luego sacaba a subasta el cobro de ese impuesto: previo pago de una cantidad, el arrendador se queda con lo que recaude. La Corona recauda menos de lo que podría (si no, no habría margen de beneficio para el arrendatario) pero a cambio:
  • Obtiene el dinero en mano y de una sentada.
  • Se ahorra una suma importante en funcionarios que vayan cobrando casa por casa.
Además de lo puramente económico, el arrendador tenía otras ventajas:
  • Arrendar ciertas rentas coloca en posiciones ventajosas el tráfico de determinados productos. Esto ayuda al arrendador a fortalecer sus propios negocios.
  • Fortalece sus lazos con la Corona.
Excelente de oro de los Reyes Católicos.
Fuente:  http://www.fitzmuseum.cam.ac.uk/
Las subastas de rentas eran un proceso administrativo muy complejo que duraba semanas o meses, y en el que participaban un gran número de personas entre oficiales, financieros, licitadores, testigos, fiadores y fieles. Para que esto funcionase de forma debida, todos los agentes —desde el arrendador mayor hasta el perceptor, o cogedor encargado de cobrar el tributo— colaboraban en el complejo régimen de arrendamiento, recibiendo por su participación una serie de beneficios acordes a su implicación.

No es difícil imaginar que los que pujaban en el Estrado de las Rentas querían una cosa: obtener las rentas en las mejores condiciones y al mejor precio posible.

Desde los últimos Trastámaras, a través de los llamados «cuadernos de rentas», los sucesivos reyes castellanos fueron legislando e incorporando una normativa en los llamados «cuadernos de rentas»: los cuadernos de alcabalas son los que la presentan más completa y sistemática, y muchas de sus normas se extendían a todos los demás impuestos y derechos. La serie se inicia formalmente en 1377 y finaliza en 1491. En PARES están digitalizados los de Enrique II y los Reyes Católicos.
Más de un siglo de experiencia arrendando rentas como las alcabalas, registran una gran cantidad de actuaciones fraudulentas perfectamente localizadas, detalladas y sancionadas. En general los Reyes Católicos gobernaron su Hacienda con rigor, aunque dicha fiscalización no era sinónimo de constricción, pues fueron Fernando e Isabel los primeros monarcas conscientes de las posibilidades de su Hacienda -y del control que podían ejercer sobre ella-y facilitaron y flexibilizaron el acceso a las subastas de las rentas, fomentando la limpieza, la transparencia y la igualdad de oportunidades en los arrendamientos. Los cuadernos, con un espíritu bastante moderno querían que:
«todos los que quisieren pujar tengan libertad para pujar la cuantía que quisieren» (disposición 53 del cuaderno de alcabalas de 1491)
Por eso casi cualquier lugar de la Corona castellana era aceptado para recibir pujas, que se depositaban ante notario y luego viajaban a la sede del Estrado de las Rentas.

A pesar de las buenas intenciones, tanta flexibilidad acabó beneficiando a grandes compañías de arrendadores cuya red clientelar se extendía por buena parte de la geografía castellana. Como los contadores tenían la obligación de hacer públicos los plazos en que se adjudicaban las rentas, los principales financieros se quedaban en la sede del Estrado mientras sus clientes tenían orden de que a una hora determinada, justo antes de fin de plazo y en un lugar alejado se hiciese un última puja. La subasta se daba por concluida hasta que días después llegaba a la Corte la noticia de esta última puja, que como había sido hecha en plazo, tenía que ser aceptada.
Prohibir las pujas fuera de la Corte iría en contra de los intereses del monarca, pero permitirlas daba lugar a los más variados fraudes. Se optó por una solución intermedia: las pujas seguirían siendo aceptadas bajo juramento de no tener relación con los financieros que en ese momento estuvieran en la Corte, a los que se prohibía que enviasen a «sus hombres» fuera (1446). Y es que los cuadernos alertan sobre fraudes realizados mediante testaferros que se dedicaban por ejemplo a mantener las pujas en un nivel artificialmente bajo, para ello mandaron que las pujas que se realizasen en la Corte prevalecieran sobre las que se hicieran fuera de ella cuando la cantidad fuese la misma.
Incluso con todos estos esfuerzos, para finales del siglo XV las principales rentas castellanas caían en manos de grupos de finacieros que intentaban monopolizar el negocio fiscal casi por completo, tal era el caso de la compañía de Abraham Seneor, Abrahem Bienveniste y el converso Luis de Alcalá, y la compañía rival de Alonso Gutiérrez de Madrid, Juan Díaz de San Ginés, Fernando de Villareal y García de Pisa. Y es que a pesar del entusiasmo de los Reyes Católicos en sanear su hacienda, al final siempre había manga ancha con los financieros cuando la Corona:
  1. Los necesitaba económicamente.
  2. Necesitaba liquidez o asegurarse la colocación de un gran número de rentas.
  3. Tenía que devolver ciertos servicios.
Aún más, este reinado tuvo un activa política exterior que se tradujo en una necesidad cada vez mayor de financiarse a través de préstamos de particulares. Los reyes tuvieron que utilizar un doble rasero a la hora de tratar a los grandes financieros y a la hora de luchar contra el fraude. Prácticas tan escandalosas, y tan denunciadas, como la de adjudicar rentas sin pregones y sin subasta, fueron admitidas. Ya no es que el juego no fuera limpio y transparente por parte de los licitadores, sino que finalmente acababa siendo la mano de la Corona la que decidía quiénes se convertirían en sus arrendadores.


Ortega Cera, Ágata; "Arrendar el dinero del rey. Fraude y estrategias financieras en el Estrado de las Rentas en la Castilla del siglo XV" en Anuario de Estudios Medeivales, n 40, 2010.

11 feb. 2013

Tres papas que también renunciaron

Esta mañana el papa Benedicto XVI anunciaba su renuncia. ¡Y en latín! Y muchos (muchos en verdad, esta mañana tuiter parecía un seminario) nos hemos interesado por los precedentes históricos.

Parece que nos podemos centrar en tres ya que los ejemplos anteriores a Benedicto IX están brumosos, o fueron «renunciados» de dudosa manera. 

Benedicto IX.
Fuente: University of Leuven
Benedicto IX (1032—1044/1045/1047—1048): el primer hombre de nuestra lista decidió inaugurarla a lo grande, subiendo y bajando de la silla de San Pedro en hasta tres ocasiones.

Su historia es interesante porque es reveladora de la situación de la Iglesia en aquel momento: Benedicto IX fue el último de una lista de tres papas procedentes de la familia de los condes de Tusculum. En aquel momento el cargo era motivo de disputas entre las familias de la nobleza romana, y los condes iban ganando en aquel momento para desesperación del Emperador. Otón II había intentado acabar con esta situación colocando a sus propios candidatos alemanes, sin éxito, claro, porque para gobernar seguían necesitando el apoyo de las diferentes facciones.

Los rivales de los de Tusculum depusieron a Benedicto IX, y en su lugar colocaron a Silvestre III. Pero Silvestre no tenía demasiados apoyos, así que Benedicto IX recuperó el trono; aún así no se le escapaba que su posición no era demasiado firme, así que hizo un buen negocio: abdicar a cambio de una cuantiosa indemnización.

Su sucesor fue Gregorio VI. Como su ascenso fue como poco sospechoso, el Emperador Enrique III aprovechó para intervenir y acabar con el espectáculo. Fue acusado de simonía (compra de dignidades eclesiásticas) y depuesto. En el mismo sínodo se depuso a Silvestre III (otra vez) y al propio Benedicto IX (que ya hemos visto que había renunciado, pero por si acaso).

Después llegó Clemente II (1046—1047) un papa alemán del gusto del Emperador que falleció al poco tiempo... y entonces ¡Benedicto IX decidió regresar por segunda vez! Ocho meses después renunciaba y se marchaba a un monasterio de retiro.

A esta época turbulenta la siguió el pontificado de Gregorio VII (1073—1085): famoso por impulsar la reforma que lleva su nombre y que convirtió a la Iglesia en una monarquía supranacional efectiva.

Geoffrey Barraclough dice en el clásico El Papado en la Edad Media [1] que muchas veces se tiene una visión teleológica de la historia de la Iglesia medieval; la de una institución que camina a lo largo de los siglos hacia la centralización y el reforzamiento del poder del Papado. Y no es así, como cualquier institución, en su seno convivían intereses y posturas diferentes. El caso de Benedicto IX revela un gran descontrol en el seno de la Iglesia, que sólo fue compensado con una figura enérgica y reformadora como la de Gregorio VII.

Celestino V (1294) era la antítesis de Benedicto IX, y sin embargo puede sacarse una lectura parecida. Eremita, con fama de santo ya en vida, y canonizado en 1313, fue elegido en un momento en el que la Iglesia bajomedieval se encontraba en otro momento de crisis, detrás de una serie de papas con perfil muy «político». En este caso los cardenales eligieron a un santo varón dispuesto a dejar a un lado la política y de paso llevara a la Iglesia de vuelta a la pobreza y la pureza... y se pasaron. El pobre ermitaño se dio cuenta de que no tenía los conocimientos ni el talento necesario para lidiar con la parte burocrática del cargo y se convirtió en el primer Papa en renunciar de forma voluntaria. Sus vicisitudes no acabaron ahí, sin embargo.

El caso de Gregorio XII (1406—1417) fue diferente. Fue elegido con el compromiso de renuncia, si los cardenales se ponían de acuerdo para elegir a un único Papa: en aquel momento había dos; él y el «Papa Luna» Benedicto XIII. El 25 de marzo de 1409, se celebraba el Concilio de Pisa, al que fueron invitados ambos Pontífices, sin asistir ninguno. El Concilio depuso a ambos y un mes después nombraba a Alejandro V. En ese momento había tres Pontífices: Gregorio XII (Roma), Benedicto XIII (Aviñón) y Alejandro V (Pisa). 

En 1410 Alejandro V moría y le sucedía Juan XXIII. De nuevo intervino el Emperador que le convenció para que convocara un Concilio de Constanza. En él, Juan XXIII fue obligado a abdicar, Gregorio XII, lo hizo «voluntariamente» y reconoció la validez del concilio y Benedicto XIII, que se negó a abdicar, fue depuesto. Tras un interregno de dos años, el 26 de julio de 1417; se eligió un nuevo papa, Martín V, que fue reconocido por todos y dio fin al gran Cisma de Occidente.

[1] Barraclough, G. El Papado en la Edad Media, 2012, Universidad de Granada.

6 feb. 2013

El elefante de Carlomagno

2013 está siendo el año de la capitalidad cultural europea de Marsella. En el blog de Europeana nos enseñaron hace unas semanas una selección de contenidos relativos a la ciudad disponibles en el portal.
También cuentan la anécdota de la «jirafa de Marsella». En 1826, el virrey otomano de Egipto, Muhammad Ali regló una jirafa al rey Carlos X de Francia. Antes de seguir camino a París, el animal pasó el invierno en Marsella paseándose por la ciudad y comiendo las manzanas que las marsellesas le ofrecían desde los balcones. Louis-François Jauffret escribió un folleto con tres poemas de contenido humorístico-satírico con la jirafa como pretexto, y recordaba que era el segundo animal de esa especie que se veía en Europa desde aquella que regalaron a Lorenzo de Medici en 1486.
Los reyes francos deben tener una gran tradición de animales exóticos como compañía: su más ilustre predecesor fue Carlomagno que en el año 802 recibió al judío Isaac con el presente de un elefante que le enviaba el califa Harum al Rashid (el de las Mil y Una Noches).
El 20 de julio del mismo año llegó Isaac con el elefante y otros presentes enviados por el rey de los persas. Los depositó todos en Aquisgrán ante el emperador. El nombre del elefante era Abulabaz [1].
Abulabaz vivió al menos ocho años en Aquisgrán, pues la entrada de los anales de Eginardo correspondiente a 810 nos cuenta que falleció aquel año.

[1] Anales del Imperio Carolingio: años 800-843, Akal.

2 ene. 2013

Un IVA para Castilla


Antes de nada: tengo el gusto de comunicarles la puesta en marcha de un proyecto colaborativo dedicado a las humanidades (llámenlas «digitales» sólo si les place), la criatura se llama:


A algún autor tengo el honor de conocerlo redes sociales mediante, así que la calidad está garantizada. A mí me verán colaborar por allí de forma esporádica.

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En anteriores entradas comentaba lo difícil que realmente resulta recaudar impuestos para un rey de la Alta Edad Media, y cómo para Wickham el sistema fiscal llega a definir la forma que tiene un Estado.

Pero a finales del siglo XI y principios del XII tuvo lugar lo que a veces se llama la «revolución comercial». El escenario cambia completamente, y ahora tenemos a un rey de la Baja Edad Media que ve como se mueven cada vez mayores cantidades en metálico («él» ha contribuido a que eso sea así). El problema ahora consiste en montar un sistema fiscal partiendo casi desde cero.

A priori, lo que parecería más justo es lo que aún hoy nos sigue pareciendo (a veces erróneamente): impuestos directos y progresivos, y que pague más el que más tenga. Y esto, como hoy, tenía sus peros, nobleza y clero se resistirán a abandonar sus priviegios y apoquinar como el que más. Y tienen el derecho consuetudinario de su lado. Pero esto no es lo más grave.

En Francia optaron por un sistema fiscal con impuestos directos basado en los bienes inmuebles, la taille.
Veamos que cuenta Felipe de Beaumanoir sobre ella:

«En las ciudades de comuna se elevan múltiples reclamaciones con motivo de la talla 
pues suele suceder que los ricos que gobiernan los asuntos de la ciudad declaran 
menos de lo que deberían, ellos y sus familiares, y hacen que los demás grandes ricos, 
gocen de las mismas ventajas, y así, todo el peso recae sobre el conjunto de la clase 
más pobre.»

Felipe de Beaumanoir (c. 1247 - 1296), Coutumes de Beauvaisis.


Si hoy resulta relativamente sencilla la evasión fiscal, sólo hay que imaginar un mundo sin informática  basado en una economía campesina con derechos de propiedad que hoy nos parecerían poco claros, como poco.

Ahora vamos a la Península Ibérica de 1340. El rey de Castilla y de León, Alfonso XI (1311-1350) se encontraba metido en plena guerra contra la dinastía meriní de Marruecos, guerra que acabó con la toma de Algeciras y en la que se obtuvieron importantes victorias como la del Salado.
Pero la guerra cuesta dinero, así que en 1342 el rey obtuvo de las Cortes reunidas en Burgos un nuevo impuesto general conocido como «la alcabala». Un impuesto indirecto sobre el valor de todas las ventas y transacciones de bienes muebles e inmuebles con un tipo impositivo del 5% durante tres años —en principio— [1].

Y naturalmente levantó críticas, en la misma Crónica del mismo Alfonso XI la situación del reino como empobrecido o agotado «por los muchos pechos que han pechado» es lugar común.

Alfonso XI consiguió esto de las Cortes con la excusa de la excepcionalidad de la situación, sin embargo, tras el fin de la guerra y con variadas excusas fue obteniendo sucesivas prórrogas, hasta que a finales del siglo XIV la costumbre lo convirtió en permanente. Y es normal, porque para el siglo XV llegó a representar la parte del león del total de los ingresos de la Corona hasta un 80% , manteniéndose siempre por encima del 50% [2].

En una entrada anterior había comentado como la guerra en sí fue un acicate para el fortalecimiento de las primitivas monarquías en la Alta Edad Media. En la Baja, los reyes mantenían plenamente la ideología guerrera y de nuevo las necesidades bélicas contribuyeron a reforzar el papel del Estado y a reorganizar el sistema fiscal. Siguiendo a D. Menjot:

«...por lo que respecta a la Castilla medieval, la afluencia de oro vía parias y botín y las anexiones territoriales en el sur mitigaron la necesidad de buscar nuevas formas de financiación. Pero ahora, en el siglo XIV, perdida la posibilidad de continuar conquistando tierras con la rapidez que se había hecho durante las décadas centrales del siglo XIII, la monarquía castellana del siglo XIV se vio obligada a complementar los recursos fiscales que tradicionalmente se dedicaban a la guerra [...] con nuevas formas impositivas que le permitiera reunir los fondos que necesitaba [...] así ocurre con el más importante de los impuestos indirectos, la alcabala.» [3]

Está claro que para la corona era más fácil hacer una estimación sobre las transacciones que podían realizarse en un período de tiempo dado que ir casa por casa registrando lo que pudiera hallar. ¿Pero cómo las cobraba? Ah, de eso no se encargaba ella, y da para otra entrada.

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[1] Estepa Díez, Carlos, La monarquía castellana en los siglos XIII-XIV: algunas consideraciones en Edad Media: revista de historia, 2007, n.8, p.79-98 http://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=2509119
[2] Ossorio Crespo, Enrique, Así era... la alcabala en La Ventana de la Agencia http://www.agenciatributaria.es/AEAT.educacion/Satelite/Educacion/Contenidos_Comunes/Ficheros/ALCABALA.pdf
[3] García Fitz, Francisco, Las guerras de cada día: en la Castilla del siglo XIV en Edad Media: revista de Historia, n8, 2007, p 145-181
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