16 feb. 2013

Fiscalidad y fraude en la Baja Edad Media castellana

Dentro de la historia de la fiscalidad, la historiografía actual se ha centrado en superar el marco institucional para ocuparse del ejercicio del poder o las consecuencias sociales de la fiscalidad. Esta tendencia viene siendo conocida como nueva historia fiscal.

¿Cómo se recaudaban impuestos —de verdad— a finales de la Edad Media?


Hoy lo llamaríamos «colaboración público-privada»: la Corona hacía una estimación de cuanto cree que se puede recaudar. Luego sacaba a subasta el cobro de ese impuesto: previo pago de una cantidad, el arrendador se queda con lo que recaude. La Corona recauda menos de lo que podría (si no, no habría margen de beneficio para el arrendatario) pero a cambio:
  • Obtiene el dinero en mano y de una sentada.
  • Se ahorra una suma importante en funcionarios que vayan cobrando casa por casa.
Además de lo puramente económico, el arrendador tenía otras ventajas:
  • Arrendar ciertas rentas coloca en posiciones ventajosas el tráfico de determinados productos. Esto ayuda al arrendador a fortalecer sus propios negocios.
  • Fortalece sus lazos con la Corona.
Excelente de oro de los Reyes Católicos.
Fuente:  http://www.fitzmuseum.cam.ac.uk/
Las subastas de rentas eran un proceso administrativo muy complejo que duraba semanas o meses, y en el que participaban un gran número de personas entre oficiales, financieros, licitadores, testigos, fiadores y fieles. Para que esto funcionase de forma debida, todos los agentes —desde el arrendador mayor hasta el perceptor, o cogedor encargado de cobrar el tributo— colaboraban en el complejo régimen de arrendamiento, recibiendo por su participación una serie de beneficios acordes a su implicación.

No es difícil imaginar que los que pujaban en el Estrado de las Rentas querían una cosa: obtener las rentas en las mejores condiciones y al mejor precio posible.

Desde los últimos Trastámaras, a través de los llamados «cuadernos de rentas», los sucesivos reyes castellanos fueron legislando e incorporando una normativa en los llamados «cuadernos de rentas»: los cuadernos de alcabalas son los que la presentan más completa y sistemática, y muchas de sus normas se extendían a todos los demás impuestos y derechos. La serie se inicia formalmente en 1377 y finaliza en 1491. En PARES están digitalizados los de Enrique II y los Reyes Católicos.
Más de un siglo de experiencia arrendando rentas como las alcabalas, registran una gran cantidad de actuaciones fraudulentas perfectamente localizadas, detalladas y sancionadas. En general los Reyes Católicos gobernaron su Hacienda con rigor, aunque dicha fiscalización no era sinónimo de constricción, pues fueron Fernando e Isabel los primeros monarcas conscientes de las posibilidades de su Hacienda -y del control que podían ejercer sobre ella-y facilitaron y flexibilizaron el acceso a las subastas de las rentas, fomentando la limpieza, la transparencia y la igualdad de oportunidades en los arrendamientos. Los cuadernos, con un espíritu bastante moderno querían que:
«todos los que quisieren pujar tengan libertad para pujar la cuantía que quisieren» (disposición 53 del cuaderno de alcabalas de 1491)
Por eso casi cualquier lugar de la Corona castellana era aceptado para recibir pujas, que se depositaban ante notario y luego viajaban a la sede del Estrado de las Rentas.

A pesar de las buenas intenciones, tanta flexibilidad acabó beneficiando a grandes compañías de arrendadores cuya red clientelar se extendía por buena parte de la geografía castellana. Como los contadores tenían la obligación de hacer públicos los plazos en que se adjudicaban las rentas, los principales financieros se quedaban en la sede del Estrado mientras sus clientes tenían orden de que a una hora determinada, justo antes de fin de plazo y en un lugar alejado se hiciese un última puja. La subasta se daba por concluida hasta que días después llegaba a la Corte la noticia de esta última puja, que como había sido hecha en plazo, tenía que ser aceptada.
Prohibir las pujas fuera de la Corte iría en contra de los intereses del monarca, pero permitirlas daba lugar a los más variados fraudes. Se optó por una solución intermedia: las pujas seguirían siendo aceptadas bajo juramento de no tener relación con los financieros que en ese momento estuvieran en la Corte, a los que se prohibía que enviasen a «sus hombres» fuera (1446). Y es que los cuadernos alertan sobre fraudes realizados mediante testaferros que se dedicaban por ejemplo a mantener las pujas en un nivel artificialmente bajo, para ello mandaron que las pujas que se realizasen en la Corte prevalecieran sobre las que se hicieran fuera de ella cuando la cantidad fuese la misma.
Incluso con todos estos esfuerzos, para finales del siglo XV las principales rentas castellanas caían en manos de grupos de finacieros que intentaban monopolizar el negocio fiscal casi por completo, tal era el caso de la compañía de Abraham Seneor, Abrahem Bienveniste y el converso Luis de Alcalá, y la compañía rival de Alonso Gutiérrez de Madrid, Juan Díaz de San Ginés, Fernando de Villareal y García de Pisa. Y es que a pesar del entusiasmo de los Reyes Católicos en sanear su hacienda, al final siempre había manga ancha con los financieros cuando la Corona:
  1. Los necesitaba económicamente.
  2. Necesitaba liquidez o asegurarse la colocación de un gran número de rentas.
  3. Tenía que devolver ciertos servicios.
Aún más, este reinado tuvo un activa política exterior que se tradujo en una necesidad cada vez mayor de financiarse a través de préstamos de particulares. Los reyes tuvieron que utilizar un doble rasero a la hora de tratar a los grandes financieros y a la hora de luchar contra el fraude. Prácticas tan escandalosas, y tan denunciadas, como la de adjudicar rentas sin pregones y sin subasta, fueron admitidas. Ya no es que el juego no fuera limpio y transparente por parte de los licitadores, sino que finalmente acababa siendo la mano de la Corona la que decidía quiénes se convertirían en sus arrendadores.


Ortega Cera, Ágata; "Arrendar el dinero del rey. Fraude y estrategias financieras en el Estrado de las Rentas en la Castilla del siglo XV" en Anuario de Estudios Medeivales, n 40, 2010.

11 feb. 2013

Tres papas que también renunciaron

Esta mañana el papa Benedicto XVI anunciaba su renuncia. ¡Y en latín! Y muchos (muchos en verdad, esta mañana tuiter parecía un seminario) nos hemos interesado por los precedentes históricos.

Parece que nos podemos centrar en tres ya que los ejemplos anteriores a Benedicto IX están brumosos, o fueron «renunciados» de dudosa manera. 

Benedicto IX.
Fuente: University of Leuven
Benedicto IX (1032—1044/1045/1047—1048): el primer hombre de nuestra lista decidió inaugurarla a lo grande, subiendo y bajando de la silla de San Pedro en hasta tres ocasiones.

Su historia es interesante porque es reveladora de la situación de la Iglesia en aquel momento: Benedicto IX fue el último de una lista de tres papas procedentes de la familia de los condes de Tusculum. En aquel momento el cargo era motivo de disputas entre las familias de la nobleza romana, y los condes iban ganando en aquel momento para desesperación del Emperador. Otón II había intentado acabar con esta situación colocando a sus propios candidatos alemanes, sin éxito, claro, porque para gobernar seguían necesitando el apoyo de las diferentes facciones.

Los rivales de los de Tusculum depusieron a Benedicto IX, y en su lugar colocaron a Silvestre III. Pero Silvestre no tenía demasiados apoyos, así que Benedicto IX recuperó el trono; aún así no se le escapaba que su posición no era demasiado firme, así que hizo un buen negocio: abdicar a cambio de una cuantiosa indemnización.

Su sucesor fue Gregorio VI. Como su ascenso fue como poco sospechoso, el Emperador Enrique III aprovechó para intervenir y acabar con el espectáculo. Fue acusado de simonía (compra de dignidades eclesiásticas) y depuesto. En el mismo sínodo se depuso a Silvestre III (otra vez) y al propio Benedicto IX (que ya hemos visto que había renunciado, pero por si acaso).

Después llegó Clemente II (1046—1047) un papa alemán del gusto del Emperador que falleció al poco tiempo... y entonces ¡Benedicto IX decidió regresar por segunda vez! Ocho meses después renunciaba y se marchaba a un monasterio de retiro.

A esta época turbulenta la siguió el pontificado de Gregorio VII (1073—1085): famoso por impulsar la reforma que lleva su nombre y que convirtió a la Iglesia en una monarquía supranacional efectiva.

Geoffrey Barraclough dice en el clásico El Papado en la Edad Media [1] que muchas veces se tiene una visión teleológica de la historia de la Iglesia medieval; la de una institución que camina a lo largo de los siglos hacia la centralización y el reforzamiento del poder del Papado. Y no es así, como cualquier institución, en su seno convivían intereses y posturas diferentes. El caso de Benedicto IX revela un gran descontrol en el seno de la Iglesia, que sólo fue compensado con una figura enérgica y reformadora como la de Gregorio VII.

Celestino V (1294) era la antítesis de Benedicto IX, y sin embargo puede sacarse una lectura parecida. Eremita, con fama de santo ya en vida, y canonizado en 1313, fue elegido en un momento en el que la Iglesia bajomedieval se encontraba en otro momento de crisis, detrás de una serie de papas con perfil muy «político». En este caso los cardenales eligieron a un santo varón dispuesto a dejar a un lado la política y de paso llevara a la Iglesia de vuelta a la pobreza y la pureza... y se pasaron. El pobre ermitaño se dio cuenta de que no tenía los conocimientos ni el talento necesario para lidiar con la parte burocrática del cargo y se convirtió en el primer Papa en renunciar de forma voluntaria. Sus vicisitudes no acabaron ahí, sin embargo.

El caso de Gregorio XII (1406—1417) fue diferente. Fue elegido con el compromiso de renuncia, si los cardenales se ponían de acuerdo para elegir a un único Papa: en aquel momento había dos; él y el «Papa Luna» Benedicto XIII. El 25 de marzo de 1409, se celebraba el Concilio de Pisa, al que fueron invitados ambos Pontífices, sin asistir ninguno. El Concilio depuso a ambos y un mes después nombraba a Alejandro V. En ese momento había tres Pontífices: Gregorio XII (Roma), Benedicto XIII (Aviñón) y Alejandro V (Pisa). 

En 1410 Alejandro V moría y le sucedía Juan XXIII. De nuevo intervino el Emperador que le convenció para que convocara un Concilio de Constanza. En él, Juan XXIII fue obligado a abdicar, Gregorio XII, lo hizo «voluntariamente» y reconoció la validez del concilio y Benedicto XIII, que se negó a abdicar, fue depuesto. Tras un interregno de dos años, el 26 de julio de 1417; se eligió un nuevo papa, Martín V, que fue reconocido por todos y dio fin al gran Cisma de Occidente.

[1] Barraclough, G. El Papado en la Edad Media, 2012, Universidad de Granada.

6 feb. 2013

El elefante de Carlomagno

2013 está siendo el año de la capitalidad cultural europea de Marsella. En el blog de Europeana nos enseñaron hace unas semanas una selección de contenidos relativos a la ciudad disponibles en el portal.
También cuentan la anécdota de la «jirafa de Marsella». En 1826, el virrey otomano de Egipto, Muhammad Ali regló una jirafa al rey Carlos X de Francia. Antes de seguir camino a París, el animal pasó el invierno en Marsella paseándose por la ciudad y comiendo las manzanas que las marsellesas le ofrecían desde los balcones. Louis-François Jauffret escribió un folleto con tres poemas de contenido humorístico-satírico con la jirafa como pretexto, y recordaba que era el segundo animal de esa especie que se veía en Europa desde aquella que regalaron a Lorenzo de Medici en 1486.
Los reyes francos deben tener una gran tradición de animales exóticos como compañía: su más ilustre predecesor fue Carlomagno que en el año 802 recibió al judío Isaac con el presente de un elefante que le enviaba el califa Harum al Rashid (el de las Mil y Una Noches).
El 20 de julio del mismo año llegó Isaac con el elefante y otros presentes enviados por el rey de los persas. Los depositó todos en Aquisgrán ante el emperador. El nombre del elefante era Abulabaz [1].
Abulabaz vivió al menos ocho años en Aquisgrán, pues la entrada de los anales de Eginardo correspondiente a 810 nos cuenta que falleció aquel año.

[1] Anales del Imperio Carolingio: años 800-843, Akal.
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