1 oct 2010

Googlum

Hay algo que tengo que confesar: no sé latín.

Debería, pero el plan de Ciencias Sociales que tuve años ha no incluía el latín. Intenté ponerme a ello en la facultad, pero las vicisitudes de la vida (en concreto un profesor con menos ganas de trabajar que el sastre de Tarzán) lo impidieron. Eso sí, me regalaron hermosos créditos por no hacer NADA. Si aquel día alguien de ciencias me hubiera dicho que los de letras no hacemos nada, hubiera tenido que salir corriendo humillado hasta el día del Juicio Final. Afortunadamente esto no fue así siempre. Que mis buenos malos ratos me llevé en la carrera.

Hace un tiempo el centro asociado de la UNED de mi ciudad hizo renovación de fondos de su biblioteca, Jude se enteró, y junto con otras cositas interesantes (una Historia de Bizancio y una Historia Moderna de Asia) tuvo el detalle de traerme un manual de latín bastante reciente, de 2008. Se pusieron a regalar libros, y los que no colocaran me temo que fueron a parar al cielo de los libros. Así que como es posible que lo necesite en un futuro no lejano, ahí está, esperando que me ponga con él en plan autodidacta, cuando pueda, claro.

El caso es que desde ayer el traductor de Google ¡ya está disponible en latín! Foreros del mundo, ya podéis insultar en latín, ¡qué digo insultar! ¡podéis convocar Cruzadas!

Estos traductores supongo que suelen fallar mucho, y yo no puedo darme cuenta, así que para probarlo he escogido una frase interneteira que no suele tener problemas si va con faltas gramaticales:

"Necesito su número de cuenta"

Egeo vestri ratio numeri

Pero tampoco debe ir muy mal si al poner esto:

De furore normanorum liberanos domine

sale esto:

"De la ira de los normandos, oh Señor, líbranos"

Pero en general supongo que puede llegar a ser una herramienta útil, y un paso más de Google en su carrera por dominar el mundo.
Y tras este interludio, la próxima entrada, continuación de la anterior sobre la caída del Imperio Romano, de dimensiones épicas, está ya lista. Así que ya mismo la pondré por aquí.

25 sept 2010

Mahoma y Carlomagno

Hoy comienza una saga épica de entradas sobre la extinción ("caída" está taaan visto) del Imperio Romano y las invasiones bárbaras. Pero los que tienen la santa paciencia de leerse las cosas que voy poniendo por aquí saben que soy un quisquilloso con el quién dice qué, así que para no hacer un copypaste de alguna otra página y largar el rollo sobre lo mucho que molan los germanos vamos a comentar uno de los libros más recientes que hay sobre el tema, en concreto, uno que lleva el apocalíptico título de La caída de Roma y el fin de la civilización, de 2005.
O lo haremos mañana, porque hoy toca hacer un repaso por lo que se ha dicho antes sobre el tema. En un post anterior decía porqué hay que hacer divisiones históricas. Y porqué eran siempre inexactas o incompletas. El principio de la Edad Media es el caso típico de esto.

Desde el segundo saqueo de Roma en el año 455 casi todos los emperadores romanos ascienden al trono bajo la protección de un rey “bárbaro”. Así Avito es patrocinado por el visigodo Teodorico II; Mayoriano, Libio Severo, Antemio y Anicio Olibrio (este último nombrado sin siquiera ser consultado), bajo la mano de Ricimero, de origen suevo. Glicerio será el protegido del Burgundio Gundebaldo. Tan solo Julio Nepote recibirá su nombramiento desde Constantinopla. Pero su reinado durará aproximadamente un año. Será depuesto por Orestes, un general de origen huno, que pondrá en el trono a su hijo Rómulo Augústulo, que será depuesto, ya lo hemos visto, por Odoacro. (Más: aquí).

Odoacro se harta en 476 de la pantomima de fingir que el emperador sirve ya para algo y decide no nombrar a ninguno, manda las insignias imperiales a Constantinopla y se queda él ejerciendo el poder en Italia. Fin.
Hasta el siglo XIX, y basándose en las crónicas de autores romanos, que lógicamente estaban horrorizados, se difundió una imagen demasiado rupturista: como si con el simple hecho de no nombrar emperador, el mundo cambiase de la noche a la mañana.

Entonces llegó Henri Pirenne (1862-1935). Un historiador belga al que su hijo Jacques Pirenne y su discípulo Fernand Vercauteren publicaron póstumamente su obra más conocida: Mahoma y Carlomagno. Y donde expone las conclusiones a las que había llegado después de su Historia Económica y Social de la Edad Media. Más o menos, Pirenne venía a decir esto:

La política: muchos reyes germanos ostentaron títulos romanos que se otorgaban a sí mismos o que les eran otorgados por el emperador de oriente. No había conciencia de la desaparición del Imperio Romano, sino que fingían seguir gobernando en nombre de un emperador, como hasta entonces, sólo que ahora estaba más lejos, en Constantinopla.
En las cortes de estos reyes los hombres de letras son ciudadanos ilustrados y no hombres de Iglesia, que no ha logrado aún la importancia que tendrá más adelante en el monopolio de la palabra escrita, de hecho, su lenta introducción en los círculos de gobierno aún no se ha completado y el Papa, Obispo de Roma, es uno de los cuatro principales de la cristiandad junto a los de Antioquía, Alejandría y Constantinopla, pero no el primero de ellos.

El comercio: durante los primeros años de los reinos germánicos mercancías y viajeros siguen fluyendo libremente de este a oeste entre Bizancio y el estrecho, y de norte a sur entre Alejandría y Marsella. La moneda acuñada por los nuevos reyes, mantiene la efigie de los emperadores, y el sueldo de oro sigue siendo la unidad básica.

Las artes: se mantienen los estilos previos a la caída del Imperio occidental, aunque con inevitables influencias “bárbaras”.

Visto que no había grandes cambios dramáticos, Pirenne colocó el inicio de la Edad Media más adelante, con la expansión del Islam. Según él, rompió la unidad del mundo Mediterráneo: debilitó al Imperio Bizantino, y el Mediterráneo pasó a ser de dominio musulmán, con lo que Occidente se alejó de Bizancio y empezó a mirar hacia el norte. El comercio queda destruido. La religión católica, al enfrentarse directamente a un rival poderoso, empieza a cobrar muchísima importancia, los clérigos ganan influencia en las cortes, y el Papa, tras la reducción de los grandes obispados a dos (y el de Bizancio quedaba muy lejos), empieza a luchar por la primacía.

Entonces llegaron dos momentos señalados:

754: el Papa Esteban II consagra a Pipino el Breve como Rey de los Francos y Patricio de los Romanos. El Papa se entromete en lo que era una potestad imperial: legitimar nuevas dinastías.

800: Carlomagno es coronado emperador romano por el Papa León III. El emperador de oriente queda relegado a segundo plano y el mundo mediterráneo queda dividido en tres grandes zonas: el Islam al sur, el Imperio Carolingio al noroeste y el imperio Bizantino al noreste. Para Pirenne, entonces es cuando empieza la Edad Media.

Las tesis de Pirenne han sido ya superadas en muchos sentidos, por ejemplo, si nos fijamos en el comercio, hoy sabemos que no desaparece en el Mediterráneo ni siquiera con el Islam:
a pesar de que el pergamino, más barato, se había convertido en el material de escritura por excelencia, el papiro se utilizaba en muchas cancillerías por que recordaba a Roma (en la Pontificia se mantiene hasta el siglo X) y aunque hubo intentos de cultivarlo en Sicilia, fueron un fracaso, así que había que traerlo desde Egipto, en manos del Islam. Hacia 750 Occidente importaba especias, tintes, incienso y azúcar egipcio, pero también tenía cosas que ofrecer: esclavos, necesitados por los musulmanes para su administración y ejércitos, metales como el estaño, armas (Édouard Salin estudió la superior calidad de las armas de acero franco), madera de la costa yugoslava y pieles, a las que los musulmanes eran muy aficionados, precisamente por seguir la moda bizantina de vestir pieles imitando a los bárbaros. Sobre cosas como las armas y demás productos "estratégicos" se sabe que el Papado condenó varias veces su venta a los musulmanes, pero todo el mundo pasó olímpicamente, pues la pela es la pela.

Sin embargo, sí que llevaba razón Pirenne al afirmar que la identidad y originalidad de Occidente surge por oposición al Islam, y que cuando deja de haber emperadores en Roma, a nadie, ni siquiera a los romanos, le resultó nada extraño. Ya no tenían ningún sentido y después de eso el mundo siguió su curso.

El problema viene en los últimos años, cuando una serie de historiadores que han seguido (y exagerado) la estela del americano Walter Goffart han pintado una transición Antigüedad Tardía-Edad Media excesivamente rosa, en la que los bárbaros iban por ahí haciendo turismo. Y eso tampoco es. Así que de esa gente se encarga nuestro próximo protagonista: Bryan Ward Perkins.

Y gracias especiales a HisLibris, de donde he sacado vilmente muchas cosas para este post.
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