12 mar. 2012

Bizancio: una introducción

Para muchas personas la civilización bizantina sigue siendo una gran desconocida. Uno de los factores que suelen aducirse a la hora de explicar el relativo poco interés que por aquí hemos tenido tradicionalmente por la romanidad oriental es el eurocentrismo occidental: existe y está ahí. Pero como país tampoco puede decirse que la Grecia actual «venda» su herencia bizantina. La marca Grecia que yo sepa incluye la época clásica (incluyendo Micenas en el paquete). Aunque si tenéis la oportunidad de ir a Atenas os recomiendo el Museo Bizantino y Cristiano, el cual tuve la suerte de visitar hace ya unos años. Me resisto a creer que no se haya conservado nada más de Bizancio que merezca la pena verse.

Una opinión personal que se me ocurre es que la Europa surgida de las invasiones bárbaras despierta en occidente la pasión por «los orígenes» que muchos llevan dentro, el mundo post-romano occidental, sea fruto de una transición más o menos natural o de una ruptura brusca, ofrece el encanto de ser un panorama muy diferente de lo anterior y el punto de partida de la evolución de los Estados europeos modernos. Frente a esto, Bizancio ha sido descrito muchas veces como un resto del pasado, un Imperio romano en constante decadencia. Sin embargo es difícil creer la supervivencia de una formación política durante ¡1000 años! en constante caída. Por eso hoy se habla más bien de sucesivas Edades de Oro y Crisis. No hubo, eso sí, transiciones bruscas, sino una historia de adaptación gradual al medio al tiempo que los propios bizantinos se consideraban herederos de la Roma imperial, eran resistentes al cambio y procuraron en la medida de lo posible mantener formas que recordasen un pasado glorioso, es por esto que a veces transmiten una imagen de inmovilismo del todo inexacta.

En esta entrada vamos a ver unas pinceladas muy generales a modo de introducción...
Una puntualización: la palabra «Bizancio» es un concepto acuñado en el siglo XVI, el origen está en la ciudad griega del mismo nombre sobre la que en 330 Constantino decidió fijar su nueva capital, a la que dió nombre. Los bizantinos llamaban a su tierra basileia ton Rhomaion (equivalente en griego al imperium romanum latino), y el emperador era el basileus romaion. Bizancio es la continuidad de Roma en oriente, así que cada vez que yo escriba «Bizancio» o «bizantino» hay que leer «Imperio romano» y «romano».

Como ya hemos visto, que la formación subsista en el tiempo no significa que sea inmutable, de hecho puede decirse que en el transcurso del siglo IV al VI se transformó en algo diferente, un Estado original y digno de estudio por méritos propios.

Una periodización [1]

Siglos IV - VI. 
Época protobizantina.

Surgen las primeras querellas de tipo religioso y, con ellas, los roces doctrinales entre Occidente y Oriente. El primero se llevó la peor parte de las invasiones hasta hundirse de forma definitiva en 476. Oriente continúa el proceso de re-helenización iniciado tiempo atrás, mientras los basileos se resisten a dejar de inmiscuirse en los asuntos del oeste.

610-842. 
El repliegue.

El enemigo secular de Roma, la Persia sasánida, colapsa y se ve sustituído por un nuevo adversario, el islam, que llega a poner a Constantinopla contra las cuerdas. Pasado este primer momento, sin embargo, se han puesto los cimientos para su supervivencia a largo plazo.

No está de más recordar que en 732 mientras Carlos Martel se enfrentaba a una incursión andalusí en Poitiers, Constantinopla hacía lo propio por su lado, en un enfrentamiento que posiblemente fuese más relevante a la hora de proteger al resto de Europa de los avances del islam.
 
No es el único problema externo: en el norte se ven amenazados por búlgaros y eslavos.
 
En el interior, en la segunda mitad del siglo VIII y primera del IX ven otro problema religioso: la iconoclastia. A pesar de todos estos problemas o precisamente gracias a ellos, se ponen las bases de una nueva etapa de esplendor. Aquí es cuando la mayoría de autores empiezan a hablar de «Bizancio» como Estado medieval original.

842-1056. 
El apogeo.

Dos siglos en los que la dinastía macedónica se lanza a la contraofensiva en todos los frentes, en el mediterráneo oriental y sometiendo a los búlgaros. Comienza además la evangelización de los eslavos, a los que se termina por integrar en el esquema sociocultural y geopolítico del Imperio.

1056-1261. 
El declive.

La entrada de los turcos en Anatolia, los ataques de los normandos, el trastorno ocasionado por el movimiento cruzado... los signos de agotamiento eran evidentes. A pesar de todo, algunos emperadores de la dinastía Comneno dieron muestras de auténtico genio político a la hora de lidiar con las situaciones que les tocaron en suerte.

Agonía. 
1261-1453

Después del saqueo de Constantinopla por la Cuarta Cruzada, es la dinastía paleólogo de Nicea la que recupera la capital años más tarde. Desde ese momento y hasta la conquista por los turcos otomanos, Bizancio queda reducido a un Estado como otro cualquiera con escaso peso internacional, ahora sí en franca decadencia...


Desplazando la barra superior puede verse la extensión del imperio en diferentes momentos.
                                                                                                                      
Ya se sabe, todas las periodizaciones son discutibles y no hay que tomárselas al pie de la letra, pero es interesante tener esta presente para apreciar que la historia de aquella parte del mundo dio para mucho, rompiendo la imagen de un Imperio inmutable detenido en el tiempo. Vamos a centrarnos en la primera, o «protobizantina».

Ya hice una serie de entradas sobre la desaparición del Imperio Romano de Occidente: allí tocaba a la parte oriental de forma colateral, pero en esencia, los sucesores de Teodosio (378-395) en oriente, empezando por su hijo Arcadio se dedicaron a contener como pudieron las sucesivas invasiones bárbaras de visigodos, hunos y ostrogodos, aunque más que «contener» la palabra es «desviar» hacia occidente que como sabemos se llevó la peor parte.

Esta política resultaba a veces humillante, pero efectiva al fin y al cabo. El emperador Zenón (474-491) obtuvo un gran éxito al desviar a los ostrogodos a Italia, donde a la sazón derrocaron a Odoacro, aquél que había destronado al último emperador en 476 y fundaron un reino efímero, aunque bastante interesante.

La política seguida con los bárbaros no fue el único acierto. Afirmaba Lemerle que la decisión de elegir Constantinopla como nueva capital del Imperio Romano no fue casual, en el Mediterráneo oriental era donde se reunía la mayor parte de la intelectualidad del Bajo Imperio, la economía estaba más desarrollada, las ciudades conservaban aún el papel de sede del poder y la administración que habían ido perdiendo en el resto del mundo romano...por supuesto que los Balcanes podían verse amenazados por los bárbaros, pero el núcleo formado por Asia Menor y Grecia se mantuvo a salvo, y mientras la flota imperial mantuviera el control de los mares, el grano podía seguir fluyendo desde Egipto, de hecho, cuando el Imperio árabe se haga con esta provincia en el siglo VII, la propia ciudad de Constantinopla nunca se recuperaría del todo del golpe a su economía. Pero de momento seguían teniéndolo bajo control, junto al rico comercio que llegaba a la costa sirio-palestina y el Mar Negro.

Por supuesto, siempre quedaba la rivalidad con los persas sasánidas, pero era un enemigo "civilizado" y un viejo conocido de los romanos.

Por cierto, al sucesor de Arcadio, Teodosio II (401-450) le debían un motivo no menor por el que Consantinopla no fue tomada jamás por asalto hasta 1453: las murallas teodosianas [2]. Con esas murallas y una excelente ubicación estratégica, Constantinopla permaneció prácticamente inexpugnable hasta la invención de la pólvora.

Los últimos años de reinado de Zenón estuvieron caracterizados por la inestabilidad social con la aparición de las herejías nestoriana y monofisita. Sobre las protestas y su relación con la transformación de la sociedad diré algo en futuras entradas. Las frecuentes revueltas e intrigas de palacio y una perenne situación de inestabilidad comienzan a vislumbrar su final con el advenimiento de una nueva dinastía, cuyo representante más destacado fue Justiniano, quien de hecho, da nombre a todo el siglo VI.

Tras variadas invasiones y revueltas el ejército proclamó emperador al jefe de la guardia de excubitores de palacio, que ocupó el trono con el nombre de Justino I (518-527). Justino procedía de Skupi (la actual Skopje, en la región de Illyria) y después de los problemas habidos con las diferentes herejías, es posible que su fe ortodoxa le ayudara a subir al trono, pero procedía de una familia campesina, y aparte de un gran prestigio como militar, su formación intelectual era bastante deficiente, así que se buscó la colaboración de su sobrino: Flavio Pedro Justiniano, a quien asoció al trono, sucediéndole en 527 como Justiniano I (527-565).
 
A esta primera serie de emperadores que siguen a Teodosio hasta Justiniano I se los ha llamado a veces «de transición», nunca me gusta calificar así ningún período, me parece un injusto, pero si es verdad que el mundo y la sociedad estaban cambiando, el Imperio venía sufriendo un proceso de helenización (o más bien re-helenización) desde el siglo IV, mientras el pueblo llano y las elites intelectuales hablan en griego, el emperador y los soldados continúan aferrados al latín. Aunque la capital, Constantinopla está abocada a mirar al mundo oriental por su posición estratégica, los basileos no pueden resistir la tentación de meterse en los asuntos del oeste, que sólo les trae problemas y fricciones, empeñados en desempeñar el papel imperial que Roma había dejado vacante en el Mediterráneo occidental.

Si hay que marcar un punto crítico en esta evolución, ése es el reinado de Justiniano (527-565). Así que si os parece, en futuras entradas tenía algo preparado sobre este señor.

No quiero centrarme en los detalles de sus guerras en Italia o Hispania que se pueden encontrar fácilmente, sino tratar de mostrar como se produce la mutación de lo que era una mitad de un imperio latino decadente en un Estado heleno renovado, pero sin olvidar su pasado, con otros problemas y otras dinámicas. La entrada ha quedado pelín larga y densa, pero las próximas confío en que serán más específicas, y no condensar tanto.
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[1] Como referencia para escribir la mayor parte de esta entrada, así como la periodización, he utilizado la Historia de Bizancio de Emilio Cabrera (1998). En futuras entradas aparecerán otras obras especializadas.
[2] Más sobre las murallas teodosianas aquí  y aquí

8 mar. 2012

Día Internacional de la Mujer (con alma)

Cuenta Gregorio de Tours (538-594) en su Historia de los Francos, que en el sínodo de Mâcon de 486 un prelado dijo que «no se debía incluir a las mujeres bajo el nombre de hombres», dándole a la palabra homo el sentido restrictivo del latín vir. Pero los argumentos del resto de obispos, apelando a las Sagradas Escrituras, hicieron «cesar la discusión» sobre la falsa interpretación. El incidente ni siquiera se menciona en los cánones del concilio.

Siglos después, en el XVIII, los autores de la Enciclopedia explotaron el incidente como base para la afirmación de que en la Edad Media se creía que la mujer no tenía alma.
 
Una lástima que los primeros santos venerados como mártires fueron mujeres y no hombres.

Feliz Día Internacional de la Mujer.

Visto en Pernoud, R. Para acabar con la Edad Media, 2010.
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